Hay muchísimas historias sobre el origen de este postre maravilloso, pero todos coinciden es en que fue creado en honor a la famosa bailarina rusa, Anna Pavlova. En la forma de batir las claras y de hornear el merengue están los secretos de este espléndido postre. Después, es sólo rellenarlo con frutas y crema batida.

Anna Pavlova fue una bailarina rusa que nació en San Petersburgo en 1881 y murió en La Haya en 1931. Pavlova cambió para siempre el ideal de las bailarinas. Siendo una niña frágil y enfermiza, fue aceptada en la Escuela Imperial de Danza, en donde se esperaba de las bailarinas que tuvieran un cuerpo musculoso y compacto. Pavlova era delgada, de apariencia delicada y etérea, perfecta para los papeles románticos, y unió sus aptitudes coreográficas y grandes dotes de actriz. Se hizo famosa por su interpretación de "La muerte del cisne", pieza coreografiada para ella por Michel Fokine, con música del compositor francés Camille Saint-Saëns. También se destacó en El lago de los cisnes, Giselle, Las Sílfides y Coppelia. Se dice que, al morir, sus últimas palabras fueron para pedir que se le alistara su traje de cisne: moría una vez más; pero, esta vez, para siempre.
Precalienta el horno a 300 ºF / 150 º C.
Bate las claras con la sal hasta que formen picos suaves. Agrega el azúcar poco a poco. Verás que se forman picos más firmes.
Agrega la maicena, la vainilla y el jugo de limón y sigue batiendo hasta que el azúcar se disuelva bien.
Cubre una bandeja para hornear con papel encerado y forma las pavlovas.
Hornea a baja temperatura hasta que el merengue dore un poco. Apaga el horno y déjalos adentro hasta que se enfríen.
Bate la crema para batir refrigerada y rellena las pavlovas. Decora con las frutas frescas picaditas.
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