Las hojas verdes, frescas y crujientes de la lechuga se convierten en maravillosas y refrescantes ensaladas, pero también son los ingredientes básicos de platos deliciosos que puedes servir tanto en los almuerzos como en las cenas.
A la hora de escoger las lechugas, selecciona aquellas que sientas pesadas y que tengan las hojas brillantes y crujientes. Es preferible que deseches las hojas externas que pudieran estar marchitas o golpeadas.
Las lechugas deben conservarse en la nevera en una bolsa plástica cerrada y sólo sacarlas antes de consumirlas. Lava bien sus hojas, sécalas sobre papel absorbente y ponle la vinagreta sólo instantes antes de servir para evitar que sus hojas se marchiten.
Las lechugas deben lavarse y secarse bien antes de consumirse. No dejes las hojas remojando en agua, pues se ablandan. Puedes secarlas dejándolas reposar sobre papel absorbente o con el utensilio que utiliza la fuerza centrífuga para eliminar el exceso de agua.
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En el caso de las lechugas que no tienen forma de repollo, separa una a una las hojas del tronco, comenzando por las externas y terminando con las internas. En el caso de las lechugas con forma de repollo corta con un cuchillito alrededor del centro de la lechuga y retíralo; colócala bajo el grifo de agua corriente para que ésta caiga directamente en el agujero que abriste. Verás que las hojas se separan con mucha facilidad mientras las lavas.
Cuando prepares ensaladas, desprende los trozos de lechuga con la punta de los dedos o córtalos con el cuchillo de lechuga. Este es un cuchillo de plástico con el que evitarás que la lechuga se oxide.
Coloca las hojas una sobre otra y enróllalas hasta formar un cilindro. Luego corta tiritas bien delgaditas con el cuchillo y forma una cama sobre el plato o la bandeja que vas a servir.
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