Las remolachas se sirven como acompañantes fríos o calientes, crudas o cocidas y resultan deliciosas en ensaladas, encurtidos o como ingrediente principal de la famosa sopa rosada llamada Borscht.
Prefiere las remolachas firmes con una forma regular y un color uniforme. Lo ideal es que tengan sus tallos todavía sujetos.
Elimina la parte verde del tallo, pero deja unos centímetros para evitar que las remolachas pierdan humedad al cocinarse. Puedes guardarlas en la nevera para conservar su frescura.
Es mucho más fácil pelar las remolachas cuando están cocidas. Además, al dejar la piel, conservarán mejor su sabor y sus nutrientes. Una vez que las remolachas estén cocidas, deja que las remolachas se enfríen y elimina la piel con una toalla absorbente.
Lava las remolachas con un cepillito bajo el grifo de agua corriente. Déjales la piel y unos centímetros del tallo. Colócalas en una olla y cúbrelas con agua. Déjalas hervir de 30 a 50 minutos o hasta que las remolachas estén suaves. El tiempo dependerá del tamaño de las remolachas.
Yo prefiero cocinar las remolachas en el horno, pues se intensifica su maravilloso sabor. Lava las remolachas con un cepillito sin eliminar la piel ni el tallo. Envuélvelas individualmente en papel de alumnio y hornéalas a 400º F / 200º C hasta que las remolachas estén suaves. Cuando estén suficientemente frías, corta el tallo y retira la piel. Verás la facilidad con que ésta se desprende.